Así no debemos seguir

Así no debemos seguir

Aquella ciudad que terminaba a distancias de a pie, de gente educada que daba los buenos días a todo aquel que transitaba hacia su trabajo antes de las 7 de la mañana, hace mucho que desapareció.

Desaparecieron la seguridad, la confianza y la honestidad, cuando comenzaron a llevarse las fundas de pan colocadas en los frentes de las casas. Antes desapareció el litro de leche. Ahora desaparecen los  periódicos que arrojan los repartidores a los frentes de las casas de los suscriptores.

El servicio público de guaguas hacía rutas largas y seguras, lo cual facilitaba a estudiantes y trabajadores llegar a tiempo a su destino. Era una ciudad tan pequeña que tenía hasta sus locos y pedigüeños favoritos deambulando por calles y avenidas.

Los equipos de sonido de los vecinos eran para disfrute de cada vecino, no para divulgar la música de manera escandalosa.

Eran otros tiempos.

No rememoro aquella como una ciudad ideal porque tenía muchas fallas, la principal de las cuales era la inexistencia de derechos reconocidos y respetados por la autoridad.

El caos sólo conviene a un pequeño grupo que se impone a la mala en nombre de cualquier idea, concepto, palabra, que puede ser la gavilla, la asociación de malhechores, o cualquiera otra.

De pronto mataron a Trujillo y se confundió la democracia con libertinaje.

Para muestra, voy a citar dos ejemplos: las máquinas de cobro del estacionamiento en las calles fueron violadas para robarse los centavitos que tenían, esa fue una aplaudida y tolerada demostración de rebeldía y de ejercicio de la libertad; las tapas metálicas que cubrían los medidores de  agua, corrieron el mismo destino: fueron arrancadas y nadie ha cuantificado la cantidad de tobillos fracturados y piernas quebradas por efecto del vacío no observado por el transeúnte.

Hemos sido llevados por el narigón del desorden, la inmundicia, el dejar pasar. Nos conformamos con decir eso no ocurre en mi calle, en mi barrio hay seguridad y tranquilidad.

Quieren acostumbrar a los gobernados a vivir en el irrespeto colectivo, a que actuemos como si nada nos importara. 

El gobierno, irresponsable, se ocupa ¿de qué se ocupa el gobierno? De  que  sus funcionarios se enriquezcan y de garantizar la impunidad.

Cada día caminamos hacia la ampliación de las zonas de las cuales se adueñó el desorden: tránsito, apagones, abusos de la autoridad y una delincuencia que se metió en el tuétano de la sociedad y convierte en maleantes a los desilusionados del sistema democrático.

La educación es deficiente, los graduados universitarios no hallan colocación, hay muchos jueces corrompidos, la autoridad armada abusa, el político miente, el maestro y el cura se irrespetan.

Se impone una regeneración moral. Se puede y se debe.