Aprovechemos el tiempo

Aprovechemos el tiempo

MANUEL SANTANA
República Dominicana es una nación donde la clase política no da tregua en ningún momento a los ciudadanos como para que puedan poner sus pensamientos y sus ideas en otras cosas. El laborantismo político actúa con pretensiones de absorberlo todo. Si uno prende la televisión, camina por las calles, escucha la radio, habla con las personas, mira las paredes, los cruzacalles o aborda un auto, el tema político le resuena en el oído.

Veo que mi ciudad principal, Santo Domingo, está embadurnada de letreros y de imágenes que salen al paso del transeúnte promocionando, ovacionando y ofertando nombres, rostros, sonrisas e imágenes de gente que quiere llegar a la administración pública para dirigir su destino.

Esta es una experiencia que se vive permanentemente en nuestra nación. Cada dos años los candidatos a posiciones pretenden llamar la atención del ciudadano para que crea en sus palabras, acepte sus sonrisas, confíe en su capacidad y en la intención de solucionar los problemas.

El candidato de ahora afirma ser mejor y tener más capacidad que el que está en el cargo. Por eso se detractan unos a los otros y se utilizan todos tipos de argumentos y de artimañas con tal de llegar a la posición.

¿Puede progresar un país que viva en esta situación permanentemente? El dominicano tiene que aprender a asumir su responsabilidad de ciudadano y de hombre pensante para no permitir que su espacio y tiempo siga siendo interrumpido por una cantaleta de gente reciclada que lo único que hace es entorpecer la paz y la tranquilidad que necesita la sociedad para trabajar, pensar y desarrollarse.

Son muchas las horas que la gente pasa frente a los medios escuchando y viendo cosas que no edifican en nada el progreso de la nación y de la vida personal de cada ser humano. He visto como en otros países del mundo, especialmente los desarrollados, el ciudadano no deja que su tiempo sea desaprovechado o asaltado tan fácilmente. Veo la gente en los autobuses, en los parques, en las estaciones leyendo buenos libros, revistas o navegando en computadoras personales para enriquecer la capacidad y el conocimiento.

Le pregunto yo ¿qué provecho podría uno sacar al invertir horas y más horas diariamente escuchando los discursos floridos de políticos por todos los medios y que sólo piden que los apoyen para llegar al poder para hacer usted sabe que?

Sobre todo que las palabras de nuestros líderes lo único que hace es zaherir sentimientos, detractar contrincantes y usar el recurso de la demagogia y que distan mucho de la verdadera intención de solución a los problemas vitales de la nación.

La Biblia dice que no hay cosa más engañosa que el corazón del hombre. Imagínese usted, si el corazón de un hombre normal es engañoso, ¿qué no será entonces el del político?

Los dominicanos debemos aprender a confiar más en nuestra propia capacidad de trabajo, de estudio, de desarrollo y de visión en lugar de entregarnos a los encantos de políticos que se han pasado la vida entera viviendo en la opulencia, el glamour, los buenos vehículos y las casas despampanantes, mientras los problemas nacionales siguen sin resolver con una clase trabajadora en desgracia en techos de cartón, sin agua, luz ni medicina.

Ojalá que la nueva generación de jóvenes que hoy crece en nuestro país ponga más sus oídos y atención a otras cosas que sí pueden producir los cambios estructurales que necesitamos como nación, familia y sociedad. Imploramos porque nuestra patria viva en un ambiente de más tranquilidad, armonía, paz, trabajo y deseo de progresar sanamente.

Nuestros líderes no ven la nación como el lugar donde se debe sembrar bienestar para todos, sino como la vaca lechera a la que hay que sacarle el mayor provecho posible sin importar que quede de ella.

Esto hace que todos vivamos sin un sentimiento patriótico arraigado. La desesperanza, el desamor y, hasta la desesperación, se han convertido en el estilo de vida de mucha gente, que sólo busca su propio bienestar sin tomar en cuenta una visión de comunidad buena, civilizada, organizada, sana y desarrollista. La violencia es el sustituto de esto.

Hay que cambiar muchos parámetros, empezando por la mente, el corazón y las actitudes de nuestros políticos y por una mejor inversión de tiempo, capacidad y recursos.