Aporte
La indetenible migración

<STRONG>Aporte<BR></STRONG>La indetenible migración

Nada ni nadie  podrá detener la incesante migración de masas empobrecidas del planeta. Tal vez se pueda controlar por algún tiempo pero nada más

El siglo veinte, terrible y sangriento, se despidió dejándonos nuevos dramas insolubles. Desaparecida la confrontación Este-Oeste, sigue vivo un conflicto acaso mayor y más antiguo: el que separa al Sur del Norte. El conflicto Norte-Sur enfrenta culturas y en su torbellino arrastra la mudanza de masas y pueblos enteros.

 El mundo de la posguerra fría es escandalosamente más injusto y desigual que el precedente.  Si bien se mantenía sobre una especie de “equilibrio inestable”, fundado en el terror nuclear, el mundo bipolar aún era un mundo equilibrado.  Este mundo unipolar de hoy, regido por el Imperio, es mucho más incierto. 

 Se trata de un genuino movimiento histórico y de un signo de nuestro tiempo. Siempre ha habido corrientes migratorias, en todo siglo y continente (Europa se formó precisamente de ellas), sólo que las de hoy ocurren cuando ha terminado la confrontación bipolar y ya no quedan modelos,o certezas para ampararse.

 Miremos nuestro propio entorno. ¿Qué es lo que genera esta ansia de escapar del país? ¿Qué es lo que provoca esta compulsiva fuga al exterior de las jóvenes generaciones? Es trivial repetirlo: nuestro exilio es esencialmente económico, tal como corresponde a la realidad de un país de la periferia tercermundista.  La penuria creciente, la falta de oportunidades, la estrechez del medio provocan esa fuga angustiosa y desesperada.  Es esa dura realidad, la de una sociedad cada vez más excluyente.

Esta huida puede ser legal o ilegal, pero siempre viene dictada por pobreza y  desesperación.  Su forma más perversa conocida son los viajes ilegales a Puerto Rico. Pensemos en los  miles de dominicanos que se largan en yolas buscando una mejor vida y que, en su audaz y loco intento, sólo hallan la peor de las muerte  ahogados o devorados por los tiburones. Pensemos en esos pobres incautos que venden sus escasos bienes, hipotecan su vivienda y entregan su alma a criminales traficantes de vidas que les estafan y les llevan a la muerte.  Pensemos en las víctimas de naufragios en alta mar, desprotegidas por esta democracia formal.   No viven bajo una dictadura, como los cubanos, sino bajo un sistema “democrático” de derechos y libertades puramente formales que por igual los desampara. Y, sin embargo, ¿en dónde están para ellos las garantías de un Estado de derecho, de una democracia social y económica? ¿En dónde su “inalienable” derecho a trabajar y vivir dignamente ?

Igual que en los casos de prostitución infantil, tráfico de drogas o venta de órganos humanos, aquí también funcionan las inexorables leyes del mercado. Porque, ¿cómo no ver en la mafia de los viajes ilegales el testimonio de un capitalismo atroz?

El drama es universal. Pertenece a uno de los capítulos más vergonzosos de fin de siglo: el de los emigrantes. Corre parejo a otro drama escandaloso: el de los refugiados. La odisea se repite en otras zonas de esta aldea global: son los balseros cubanos, los mexicanos “espaldas mojadas”, los marroquíes, los “boat people” vietnamitas. Son los desposeídos de la tierra, desgraciadas criaturas jugándoselo todo en frágiles embarcaciones: yolas, balsas, pateras. El destino soñado es siempre una tierra de promisión: los Estados Unidos, España, Francia.  La ciudad a la que sueñan llegar es siempre distinta a la que dejan atrás: Nueva York, Miami, Texas, Madrid, París.  En Europa se conoce bien la tragedia de los marroquíes, que intentan cruzar a nado o en pequeñas barcas el estrecho de Gibraltar para llegar a Andalucía, huyendo del hambre y la represión en su tierra, y que naufragan o mueren ahogados en el intento.  Dominicanos, haitianos, cubanos, mexicanos, magrebíes, africanos, todos viviendo bajo distintos regímenes políticos y sistemas económicos, todos forzados a emigrar por las mismas razones: la pobreza extrema, la escasez, la falta de libertades o de oportunidades. 

Pero las grandes oleadas migratorias no ocurren únicamente de naciones pobres a naciones ricas, sino además de naciones más pobres a aquellas menos pobres. Los haitianos emigran a la República Dominicana, los nicaragüenses a Costa Rica, los colombianos a Venezuela.  Tampoco se producen en una sola dirección, del Sur al Norte, sino también del Este al Oeste, como en los antiguos países socialistas (polacos, rusos y húngaros en Alemania, rumanos en Italia, ex yugoslavos en Austria, polacos en Canadá).

Confieso que me da risa cada vez que leo o escucho hablar de la necesidad de tomar mayores medidas de seguridad, de aplicar controles fronterizos más estrictos, de aprobar leyes más duras para los inmigrantes ilegales, aquí o allá.  Como si con una disposición legal o una medida policial se pretendiera detener el movimiento mismo de la historia.  El fenómeno migratorio es un problema universal que no se resolverá imponiendo nuevas leyes, ni endureciendo las ya vigentes, ni apelando a soberanías, ni ejerciendo el legítimo derecho de un Estado a la repatriación de indocumentados. Volverá una y otra vez porque los hambrientos y desesperados de la tierra no respetan fronteras, ni  norma que no  sea la de  su supervivencia. 

Un problema global sólo admite una solución global. Harto se sabe, pero se pretende ignorar, que la solución verdadera no radica en ejercer un mayor control fronterizo, ni en reprimir o repatriar a los ilegales, sino en erradicar las causas del éxodo masivo. Nada se logrará mientras no se ataquen de frente las causas reales que originan la migración de los ciudadanos pobres del Sur y del Este. Mientras existan dominicanos desesperados por abandonar el país “como sea”, se seguirán organizando criminales viajes ilegales; mientras Haití siga siendo el país más pobre del hemisferio occidental, los haitianos continuarán burlando nuestra frontera.

  Nuestro mundo es un espléndido banquete para unos pocos comensales. Afuera, a la intemperie, los hambrientos esperan las sobras del festín de la abundan cia. 

En síntesis

El desamparo

La caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría han puesto al descubierto a toda una humanidad aún doliente y desamparada. La riqueza del mundo no solo se concentra en pocas manos sino también geográficamente.  El capitalismo tardío no salva de la catástrofe a la humanidad entera. Únicamente a Estados Unidos, Europa y  una parte de Asia.