Andrés L. Mateo: moralista problemático

Andrés L. Mateo: moralista problemático

POR MIGUEL D. MENA
La democracia es orden, y como tal no solamente requiere, sino que se expresa en un lugar, un topos. Cuando Tomás Moro escribe su «Utopía» (1516) y convierte a Rafael Hytlodeo en el narrador, parte de un contexto y un paradigma: los viajes de Marco Polo al otro confín del mundo y la diferencia que establecían los griegos en torno al concepto por él desarrollado, «utopía».

Para los helenos se hablaba de «outopia», con el que se designaba a «ningún lugar», y «eutopia», con el que se pensaba el «buen lugar».

Pedro Henríquez Ureña retoma el concepto de utopía en su célebre conferencia publicada en 1925. Allí acentúa la segunda acepción griega, destacando la importancia de armonizar lo universal y lo particular de nuestras culturas, combinando el «franco ejercicio de la inteligencia» y la sensibilidad. La conclusión de su texto es como uno de esos martillazos que sugería Nietzsche:

«Y sobre todo, como símbolos de nuestra civilización para unir y sintetizar las dos tendencias, para conservarlas en equilibrio y armonía, esperemos que nuestra América siga produciendo lo que es acaso su más alta característica: los hombres magistrales, héroes verdaderos de nuestra vida moderna, verbo de nuestro espíritu y creadores de vida espiritual».

Hemos arribado al primer decenio del siglo XXI con la sensación de que esta magistralidad y heroicismo han desaparecido de nuestro panorama. En lugar de un pensamiento crítico y constante, del aura que seducía a Walter Benjamin y del carisma que preocupó tanto a Max Weber, vemos cómo se han ido esfumando aquellas consciencias históricas: o se han muerto, o se han ido o se han reducido al ambiente más familiar. Pero no hay que ser nostálgico en una época donde Blade Runner al final será salvado por uno de los mutantes.

Las aspas de la sobrevivencia, «la oportunidad» –y aquí no sólo hablo del histórico cuento de René del Risco-, todo ha ido conformando un terreno en el cual el intelectual ya no será la voz que congrega sino el eco del trotar de un caballo de Troya que se ha ido a las cenizas.

Dibujado así, a grandes trazos, el panorama intelectual dominicano de esta hora, surgen las palabras de Andrés L. Mateo. Su insistencia en el estudio de la cuestión moral de la política criolla es lectura casi obligatoria.

Su insistencia en que el balaguerismo es uno de los referentes del mal de «lo dominicano», debería ser parte de una discusión más extensa e intensa, porque ciertamente la modernidad nuestra pasa por el filtro de aquel nonagenario que todavía sigue moviéndonos como si nosotros fuésemos sus arlequines.

Pero Andrés L. Mateo no sólo es lo que él dice sino que también es él mismo, el intelectual, su trayectoria, la validez que no sólo se produce por lo expresado sino por la concatenación de otras ideas, otras actitudes, una vida entera.

Aquí enfrentamos el abrir y cerrar de la puerta que nos lleva indistintamente a lo moderno y a lo posmoderno: de si la opinión vale por sí misma, o si la misma tiene que ir refrendada por otras, si todas las ideas tienen que estar sustentadas en una constancia en la vida misma.

Y aquí comienzan algunas preguntas sobre Andrés L. Mateo como moralista de la política postmoderna dominicana: sus opiniones tienen más el carácter de denuncia que de estudio; si bien se quiere convertir en una conciencia moral de esta época, señalando –y a veces con muchísima razón-, los tejes y destejes de la política contemporánea, no deja de filtrarse su instrumentalización del pensamiento a favor de otra época. ¡Pero claro que ese es su derecho! El problema es cuando con sus reflexiones trata de comenzar de la nada, como si todos los problemas arrancasen con el Presidente Fernández y al final de la soga sólo existiese el Dr. Balaguer como referente.

A manera de un Houdini, el pensamiento de Mateo está mediado por largos períodos de silencio o de amnesia o de no ver lo que pasaba a su alrededor y decirlo a tiempo.

Veamos por un momento la trayectoria de un poeta que un día dejó de serlo, de un novelista que surgió de las cenizas, de un funcionario cultural (1978-1982, 2000-2004) que en el momento de su gerencia de la cosa pública no advirtió los males del jorgeblanquismo ni del hipolitismo, quizás porque él no los veía como males.

Si hay un elemento que constituye a lo aureático y lo carismático, ese es el de la constancia.

En nuestro país es difícil ser constante en lo que se cree y se ama. Hay que sobrevivir de alguna manera, ser estratégico.

En recientes momentos de altas temperaturas del pensamiento, como en el relanzamiento de «El ocaso de la nación dominicana» (1990, 2002), de Manuel Núñez, la voz de Mateo no asumió la de su propia escritura, a pesar de los grandes contrastes de aquél libro, sustentado en una sobrevalorada visión de lo «blanco» dominicano frente a lo «negro» haitiano, con el suyo, «Mito y cultura en la Era de Trujillo», su tesis de doctorado en la Universidad de La Habana. A pesar de que casi le exigimos una postura en aquellos momentos, Mateo actuó más que salomónicamente para evadir diferencias.

¿Cómo es posible sustentar una tesis y desdecirse sin hablar una palabra? Ese es otro misterio para Houdini, oh mundo del pequeño Adams.

Las reflexiones sobre Mateo sobre la moral política son importantes, pero también habría que pensar en la razón práctica e instrumental kantiana aplicada al intelectual. No sé si podríamos hablar de un lugar que no existirá o de un buen lugar, a la manera de los clásicos griegos. Sólo quisiera subrayar la importancia, no sólo del equilibrio y la armonía que pregonaba Henríquez Ureña, sino de la constancia en la vida y el pensamiento.

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