Anders Behring Breivik

Anders Behring Breivik

Anders Behring Breivik no se anduvo con juegos. Escribió alrededor de mil quinientas páginas que ahora, tras lo acontecido, constituyen explicación y justificativo de su inhumana conducta. Con las características de una propuesta política, salvo aquellos aspectos que se tornan apuntes de un diario de recuerdos, pudo ser el manifiesto de un partido. En cambio, se volvió un anuncio de muerte.

Noruega es una de las naciones ricas del mundo. En años recientes, su producto nacional permitiría repartir alrededor de veinticinco mil dólares por habitante al año. Por supuesto saben ustedes que este ingreso “por cabeza” es una ficción. Mas no tanta, pues refleja la riqueza generada por el trabajo y por la producción negociables de una nación. A estos cálculos quiméricos hemos de sumar la asistencia familiar ofrecida a sus gentes por el gobierno noruego. De manera que podemos hablar de una familia Behring Breivik, con soltura económica.  

            Súmese a lo dicho que Anders posee una pequeña finca en la jurisdicción de Rena, una ciudad al norte franco de Oslo. ¿Cómo explicar que una persona con tales condiciones económicas y aquellas que en otros órdenes derivan de ésta, actúe como procedió? Si Anders es militante antimusulmán, ¿por qué mató coterráneos suyos, en vez de atacar el restorán Milano, en donde almorzaba regularmente?

Son insondables los vericuetos de la mente humana. Psiquiatras y psicólogos se esfuerzan por explicarse la conducta de sus congéneres. En el caso de Anders, es muy poco cuanto podrán extraer los expertos. Prueba al canto es que entre el sábado al lunes pasados, el bergante cambió su declaración para sembrar confusión entre los investigadores. ¿Cuántas veces modificará, en los días subsiguientes, las motivaciones aducibles para sustentar su genocidio?

Anders Behring Breivik ha sido descrito por los musulmanes propietarios del Milano, como un joven simpático, afable y atrayente. Coinciden en tal valoración de su conducta y personalidad, otros compueblanos en Rena. El mismo Anders, refiriéndose a sí mismo, ha dicho a la policía que en ocasiones, comensal en el Milano u otros lugares públicos, sintió la mirada de simpatía que despertaba en lugareñas. Vanidoso tal vez, ese pecado capital no aplica como justificación del genocidio.

Algo más profundo, tal vez sistemático, lo condujo a la percepción de que Europa se pierde por culpa de la inmigración. Y sobre todo, por la presencia de musulmanes y negros. ¿Los pronunciamientos partidistas, de tono xenófobo, habrían influido en su comportamiento, abiertamente criminal? Los seres humanos somos condicionados por el pensamiento ajeno. La educación, formal e informal, es, de hecho, típica aunque positiva expresión del condicionamiento. ¿Podemos hallar por esta fisura del cuerpo social, el descarrío de Anders?

 Europa debe hacerse esta pregunta. Los partidos xenófobos deben procurar la respuesta.