Analicemos con cuidado

 Analicemos con cuidado

La conspiración está en marcha. El país está inmerso en una importante batalla en la cual todos somos víctimas y resistimos los empujes y nos mantenemos en el campo del reclamo de nuestros derechos.

Desde todos los ángulos somos atacados de manera feroz, implacable, nos martillan, nos horquillan en una operación de pinza que pretende acogotarnos, impedir nuestro reclamo de que se ponga fin a la guerra solapada, a la guerra encubierta y se actúe de frente, de cara al sol, sin un clandestinaje que se ve de lejos y se avizora como dijo aquel poeta argentino: “yo adivino el parpadeo de la luces.”

Todo está en curso. Las fuerzas actúan a la vista de todos, pero no son percibidas como lo que son, parte de un ejército enemigo que penetra el cuerpo social de manera subrepticia, cobarde, malsana.

Paso a paso, silenciosamente, como ladrón nocturno en asecho, se pretende acorralarnos.

Se actúa como aquella mujer que decía que se sofocaba cuando la apretaban bailando, pero si bailaba con Pepe, con Pepe no sentía nada “y no es que Pepe no aprieta, es que Pepe sabe apretar”.

El plan funciona como aquel juego de niños alrededor de la mortecina luz de la bombilla de un poste de madera que la sostenía: uno del grupo ocultaba su cabeza bajo los brazos, apoyado del “palo de luz” mientras otro dirigía: “amagar y no dar, dar sin reír, un pellizquito en el culo y mandarse a huir”.

Aunque uno no hubiera pellizcado las nalgas del amiguito, había que salir huyendo para no ser la próxima víctima de los pellizcos del grupo.

La batalla de hoy forma parte de una larga, larguísima guerra, que se manifiesta de manera cíclica en la sociedad cuando un desequilibrio inclina la balanza a favor de los enterradores de la libertad, de quienes intentan desaparecer la democracia.

Todo comienza cuando uno o algunos pretenden someter a la mayoría a la tiranía de su pensamiento y a las acciones encaminadas a imponer su voluntad por encima de cualquier consideración de tipo legal, moral, humana. En ese momento se desempolvan los carcomidos textos antiguos que favorecen el ejercicio de la tiranía contra la voluntad popular.

La guerra que padecemos no se detiene ante ninguna consideración que implique decencia, seriedad, respeto a personas o instituciones.

Esa guerra tiene objetivos muy claros y modos de ser y de hacer para que sus acciones malsanas parezcan santas y sus diabluras sean solapadas bajo un manto de legalidad y decencia que no se compadece con lo que oculta.

Esa guerra mediática intenta desviar la vocación de paz y armonía de Hipólito Mejía y sus seguidores. Hipólito siempre busca el consenso por eso reclama la mediación de la Iglesia Católica.