Alegoría de una hermandad atormentada en Marassá y la Nada de Alanna Lockward

Alegoría de una hermandad atormentada en Marassá y la Nada de Alanna Lockward

Escrita por Alanna Lockward, bailarina, periodista, curadora de arte y autora dominicana, con ilustraciones de Gabriela Vainsencher, Marassá y la Nada es un singular regalo de poesía e intelecto. Se percibe en esta obra un acto de amor tanto a figuras de estilo como a esta conjunción de historias e identidades entrelazadas de Saint-Domingue/Santo Domingo. Hay poesía, sabiduría, personajes alegóricos, espacios cuestionadores, y unos sentidos increíblemente abiertos a la naturaleza, a los ancestros, a lo invisible e intangible. Pero lo que más toca el alma de lectores receptivos es su gran sentido de ética literaria. En un tiempo en el que ya no interesa encasillar textos en géneros, Marassá y la Nada podría leerse como cuento, novela, recorrido histórico o memorias personales, pues a todos pertenece sin que importe cuál de ellos “realmente es”. El dominio magistral del lenguaje figurado revela el alma eminentemente poeta de la autora, y su enfoque insólito y libre de clichés y estereotipos se leen en un tono irremediablemente familiar, íntimo y cercano.

Los ecos garciamarquianos del listado de nombres que aparecen al principio podrían desorientar y desanimar al más valiente. Pero pronto se le ocurre a esta lectora que cualquier confusión podría justamente apuntar hacia la otra imprecisión que se sugiere en el texto, la resultante del uso indistinto de Saint-Domingue para nombrar a la vez isla y países, país y ciudad, lado francés y lado español, todo curiosamente invocado con el mismo término… A medida que se avanza en la lectura, el estilo se vuelve más suelto, sus metáforas surgen con más naturalidad, facilidad y elegancia. Se tiene la impresión, al inicio, de tener ante sí a una autora que apenas se está despertando y desperezando, frotándose los ojos, estirando los brazos, sacudiendo la melena y saliendo de la cama. En realidad, es una fase de calentamiento que esconde lo que va a llegar a mitad del texto, que es una narradora en plena forma, con un dominio de la pluma asombroso y prácticamente muscular. Pronto se encariña una con los personajes y comprende que de lo que se trata es de mostrar con sutileza una realidad intangible.

La historia gira en torno a dos hermanas, Laura, que vive en París y se suicida al principio de la novela, y Mara, que vive en Santo Domingo, absorbe esa tragedia y se deja morir de hambre. Una tercera mujer, Moira, prima de las anteriores y residente en Nueva York, narra buena parte de la historia mientras se desplaza a Santo Domingo para salvar a Mara. De paso aprovecha para viajar a Haití en busca de los restos de doña Manuela Ricart de Porter, madre de las anteriores, de cuya muerte necesita pruebas para cobrar los derechos de autor de una novela del esposo de la desaparecida, José Alberto Porter Cabral. El viaje a Haití se nos presenta con una frescura impresionante. Nada de repetir estereotipos de viajes al corazón de las tinieblas del África o cuadros interminables sobre la pobreza espeluznante, nada de culpas por el pasado ni de pedir perdón por daños coloniales, imperialistas, masacrantes, humanitarios y demás mecanismos para usurpar riquezas hasta del aire que se respira en Haití. El texto está libre de esta culpa ubicua que se suele invocar a la hora de escribir sobre Haití o nuestras relaciones bilaterales. Y es que cuando se ama realmente al otro no hay espacio para la culpa. Pero este amor al otro sólo llega cuando se ha trabajado la colonización interna, cuando se ha bregado con ese colonizador y ese colonizado que, al menos en el Caribe, todas y todos llevamos dentro, y se aprehende al otro no como un objeto deshumanizado en el cual desatar nuestras furias o deseos de dominio, sino como un igual con quien, precisamente dadas nuestras diferencias, podemos intercambiar algo.

Visto el texto de esta manera, las hermanas Laura y Mara surgen como figuras alegóricas de Haití y República Dominicana. Una que vive y se suicida en Francia, colonizador de Haití, la otra que se deja morir de hambre en República Dominicana, país vecino de Haití e igualmente sujeto a las continuidades históricas del lastre colonial. Mara muere expiando una muerte fraterna, que es la única referencia sobre la culpa que aparece en el texto demostrando así su carácter absurdo. Ambas muertes me recuerdan un ensayo de Jacques Derrida sobre el duelo, según el cual éste se procesa no sólo aferrándose a lo que dejó el ser querido, sino también internalizando lo que lo representa  —sus ideas, sus gustos y gestos,  cosas que decía o que hacía— como una manera de resguardar a ese otro dentro de sí. El análisis derridiano ilumina y reconforta a la vez: para bien o para mal, somos lo que somos gracias a esos seres queridos, por y a través de ellos. Perderlos es perder una parte fundamental de nosotros mismos y por eso los internalizamos. Entonces, si Marassá y la Nada nos recuerda que somos lo que somos no sólo gracias a África, Europa, los taínos y otros orígenes étnicos, sino muy especialmente por y a través de Haití, entonces la muerte de una significaría la agonía de la otra.

Como dice Julia Álvarez en Una boda en Haití (Penguin, 2012), Haití siempre fue ese gran hermano desconocido de quien sabía tan poquito. Cruzar a Haití es un viaje que tanto física como simbólicamente (o literariamente) es y será en nuestro país transgredir una frontera más psicológica y política (y por tanto, más dura y riesgosa) que geográfica. Ambas autoras realizan este recorrido con mucha valentía y candidez. Sin embargo, el texto de Lockward presenta una familiaridad con el terreno tan profunda como maravillosa. Sin restarle importancia al efecto del paso de catástrofes naturales y de la codicia humana, sin dejar de advertir la falta de árboles y hasta de piedras en las montañas, sin dejar de notar perros famélicos ni de percibir los sudores de la populace, Marassá y la Nada revela un dominio de la materia que se nutre de ese ir y venir que desde hace veinte años viene realizando su autora más allá de nuestras fronteras geográficas e ideológicas. De hecho, actualmente Acento.com publica entregas diarias de Un Haití Dominicano. Tatuajes Fantasmas y Narrativas Bilaterales (1994-2006),  una antología de entrevistas, ensayos y reportajes que realizó desde su primer viaje. Esta experiencia se traduce, en Marassá y la Nada, en una intimidad que presenta a la narradora en sus aguas, como si no le sorprendiera nada de lo que ve, como si la magia de Haití se le revelara a Moira simplemente por vibrar en su misma frecuencia. Y es que, en este texto, nadie es el “otro”. Ni la narradora ni los personajes, ni tampoco el país que se visita. Todos estamos en casa, nadie fascina más de lo ordinario a nadie. Si somos mellizos, que es lo que significa “Marassᔠen creole haitiano, no somos idénticos, pero hay vínculos que superan las diferencias.

En la web

Tatuajes Fantasmas y Narrativas Bilaterales (1994-2006).

(http://alannalockward.wordpress.com/un-haiti-dominicano/)