¡Ah, los tragos!

¡Ah, los tragos!

Mi pariente bebía ron esporádicamente, o sea, interdiario, y decía que si en el universo se declaraba la ley seca, se suicidaba al día siguiente.

En mis años de consumidor de productos etílicos, me gustaba canear con él, porque era el mayor defensor de esa afición.

-No quisiera que nadie se atreviera a decir delante de mí que las personas que no se han dado un jumo han tenido algún anticipo de la gloria celestial-  decía -. Para vislumbrar el paraíso prometido hay que estar borracho, o siquiera sugustón, o cachuco.

En el argot de los dipsómanos, estos vocablos se referían al punto medio entre la sobriedad y el jumo de alguien que estuviese ingiriendo bebidas alcohólicas.

Una noche en que estábamos de parranda, manifestó que las feministas estaban obligadas a erigirle una estatua al hombre que dijo que “no habías mujeres feas, sino poco romo”.     Afirmaba que aquel que no ha deslizado por su galillo la llamada pólvora líquida no es sincero ni auténtico, porque teme que una borrachera revele sus sentimientos y su verdadera personalidad.

Poco antes de contraer matrimonio, a la edad de treinta y nueve años, me dijo que su futura esposa, que había intentado convencerlo de que se alejara de las libaciones romiles, había cambiado repentinamente de actitud.

-Todo se debió a que un día que visitó mi apartamento de soltero, me echó un boche porque tenía puesto en mi equipo de música una bella página bolero en la voz de Francis Santana con alto volumen, y de inmediato le bajó la potencia.

– ¿Y tú qué hiciste?- pregunté, conociendo la formación y el carácter machista de mi tercio vagabunderil.

– La dejé tranquila- respondió- porque lo que me interesaba era los tragos, y lo que de ahí se derivara; y mientras yo bajaba mi romo, ella iba vaciando una botella de cerveza de las grandes. Te diré que cuando ella iba por la mitad del contenido, subió un poco el volumen de otra melodía que sonaba, y al vaciar el recipiente, hasta a mí me sonaba estridente el sonido del equipo.

-¿Y en qué paró la cosa?- inquirí, realmente interesado.

-En que bailamos, reímos, y lo demás que sucede entre un hombre y una mujer que están a punto de matrimoniarse. Pero lo mejor fue que cuando la llevaba en mi carro hacia su casa, me dijo al oído, después de besarme el pescuezo: ¡sin tragos no hay felicidad completa!