Agua, luz y plátanos

Agua, luz y plátanos

No cabe duda de que vivimos en el país de las maravillas. Porque la verdad es que hay que tener sangre fría y una mente verdaderamente aplatanada para sugerir que el Teatro Agua y Luz del Centro de los Héroes sea desmantelado dizque para convertirlo en un parqueo.

Ello es equivalente a sugerir que se deben eliminar las montañas de la cordillera central, para no tener que subir cuestas en algunas carreteras del Cibao. Porque ¿dónde está el sentido común con el que se supone que nace todo el mundo? El hecho de que el dictador Rafael Trujillo haya hecho construir esa maravilla arquitectónica para planes de su propio engrandecimiento como parte del llamado proyecto de la Feria de la Paz, no quiere eso decir que estas estructuras materiales patrimonio del pueblo dominicano no puedan ser usadas para beneficio de la sociedad a la que pertenece, como centro de actividades culturales y sano recreamiento, como demandan los buenos tiempos de democracia y avance social.

En el levantamiento de esta magnífica estructura del arte y en el proyecto conjunto de la Feria, participaron no solo el destacado arquitecto barcelonés creador del teatro, sino también todo un equipo de afanosos buenos dominicanos, gente decente que más allá de los planes de autoalabanza de un dictador, vieron también en este magno proyecto el levantamiento de una infraestructura que construída con los dineros del erario público, quedaría como un bien permanente del pueblo al que pertenece. Y así pues, si bien en aquellos tiempos la obra sirvió de base a la inauguración del absurdo «reinado de Angelita» y celebración del veinticinco aniversario de la asfixiante dictadura de Trujillo, estas mismas estructuras han servido para honrar los héroes inmortales de Constanza, Maimón y Estero Hondo que precipitaron el desmantelamiento de aquella dictadura. Sus instalaciones han servido también como asiento físico del Congreso de la República así como para otras áreas de servicio público. Se trata de bienes permanentes del pueblo, cuyo uso debe continuar al servicio del pueblo. De hecho por tratarse de bienes materializados convertidos en estructuras de servicio, estos recursos físicos del pueblo están al menos de momento a salvo de la corrupción, a menos que alguna idea desencajada como esta de derrumbar físicamente la joya arquitectónica del Teatro Agua y Luz para convertirlo en un mundano parqueo, pueda ser instrumentada.

Debiera haber alguna ley que establezca que para encaramarse en una posición de poder, ya sea a nivel municipal, ministerial, provincial o estatal, se debe tener un mínimo coeficiente de inteligencia demostrado por una prueba escrita, porque la verdad es que cuando alguien con capacidad para tomar decisiones de gran impacto público y social se destapa con una barrabucada a nivel de «agua, luz y plátanos», a uno como que se le flojan las rodillas y no sabe por donde debe salir huyendo. Albergamos la esperanza de que el secretario de cultura Tony Raful, a quien entre otras cosas le cabe el mérito de haber materializado la creación de la Editora Nacional, facilitando el rescate y promoción de la obra literaria dominicana en su conjunto, y alguien más que pueda aparecer encaramado por allá arriba y con una visión similar del futuro, que por favor intercedan para que se aguante el aplatanamiento que amenaza arrasar con el Teatro Agua y Luz del Centro de los Héroes.

Es más, el solo hecho de que en la noche del 30 de mayo de 1961 un grupo de héroes del tiranicidio esperaban en el malecón precisamente en los frentes del Agua y Luz, el paso de Trujillo en su Chevrolet para lanzarse a su persecución y muerte, deja para siempre inmortalizado ese escenario que debe permanecer como punto de referencia histórico para generaciones por venir. Ello aparte del enorme beneficio que puede derivarse para el pueblo, de la utilización sistemática y rutinaria de esta estructura en actividades culturales y recreativas para las que fue creada. En lugar de destruirla, esta plataforma del arte debe ser pues rehabilitada a la forma y belleza de sus mejores tiempos, para que desde su envidiable localización y bajo la frescura de la mar cercana, pueda lanzarse victoriosa a la conquista del futuro.