Africanos se refugian en grandes cajas desechadas

Africanos se refugian en grandes cajas desechadas

POR MICHAEL WINES
JOHANNESBURGO, Sudáfrica.-
Desde su lugar detrás del mostrador enrejado de la Tienda Nonto Tuck en Soweto, Constance Jwara vende paletas y refrescos, sal y azúcar y platos de carne y pap, un platillo básico africano hecho de maíz hervido. A su izquierda está una tintorería. A su derecha, una anciana vende frutas, verduras y una variedad de condimentos nativos.

Conforme se extiende la mancha suburbana, no es muy diferente de lo que se encuentra en muchos pueblos estadounidenses. Con una excepción: Consiste totalmente de contenedores de embarque.

La arquitectura minorista occidental es definida por arcos dorados y mercanderías en grandes cajas. En gran parte del Africa más pobre -en gran parte del mundo en desarrollo- «caja grande» significa un contenedor oxidado de acero corrugado, regularmente de 6 metros de largo, seleccionados de gigantescos barcos de carga para ser usados como restaurante, salón de belleza, o lo que usted quiera.

Condenar esta propagación de contenedores como la última expresión de la sociedad de desecho de Occidente sería fácil. El contenedor es un invento estadounidense espectacularmente exitoso, y los convertidos en hogares dispersos en el paisaje africano son principalmente los desechos de grandes cargueros occidentales.

Pero no es tan simple. Muchos africanos que han convertido los contenedores -en escuelas, centros comunitarios e incluso hogares- quizá estén en desacuerdo. Son los equivalentes mayores de las cajas de refrigeradores vacías en las que juegan los niños. Feos o no, los contenedores pueden convertirse en lo que uno quiera, y de forma barata.

Lo cual es la razón, en una región donde demasiada gente vive bajo techos de bolsas de basura, de que sean ubicuos.

Los contenedores de embarque no existieron hasta 1956, cuando un magnate del transporte de Carolina del Norte llamado Malcolm McLean cargó 58 de ellos en un tanque petrolero convertido en una apuesta por automatizar la carga y descarga de embarques, que entonces se hacía principalmente a mano. Hoy, 90 por ciento de la carga del mundo se mueve en contenedores, y el equivalente de 1.4 millones de contenedores de 6 metros entran y salen de Sudáfrica cada año.

Thomas Greh, cineasta alemán que ha hecho un documental sobre la industria de los contenedores, dice que el flujo y reflujo del comercio mundial es en parte responsable por el exceso de contenedores en el mundo en desarrollo.

En esencia, dice, el Primer Mundo embarca millones de contenedores de productos terminados a Africa, pero Africa tiene mucho menos contenedores llenos que embarcar de vuelta.

«En ocasiones, son demasiado altos los costos de llevar un contenedor vacío hacia el próximo puerto», dijo en una entrevista telefónica, «y la compañía de embarque vende el contenedor».

Eso podría suceder, dicen otros expertos, particularmente cuando los contenedores están muy tierra adentro y deben ser transportados en camión a un puerto. Pero es más común para las compañías simplemente vender los contenedores cuando termina su vida útil en el mar, regularmente después de cinco a 10 años.

Según Safmarine, una compañía de embarques de Ciudad del Cabo, un contenedor que cuesta 2,000 dólares nuevo se venderá en 700 dólares como excedente. Algunas compañías donan los contenedores viejos a escuelas y asociaciones de caridad; Safmarine, por ejemplo, ha regalado 7,000 desde 1991.

El contenedor que alberga a la Tienda Nonto Tuck (una tienda tuck es similar a una tienda de conveniencia) fue de hecho dado a la escuela primaria Nanto de Soweto a mediados de los años 90 por funcionarios de la Coca-Cola local. La escuela lo arrienda a un operador por 450 rands mensuales, unos 70 dólares, y usa las utilidades para sustentar las actividades escolares.

El operados, a su vez, paga a Jwara 450 rands mensuales. Ella usa ese dinero para mantener a su familia: tres hijos, el hijo de su hermano enfermo y un esposo desempleado.

Jwara estaba desempleada antes de tomar el empleo en mayo. Tiene una educación de cuarto grado. «Me gusta este trabajo», dice, «porque es el único que puedo desempeñar».

En partes de Africa en este momento, esa es razón suficiente. En ocasiones, al parecer, incluso un rectángulo de acero puede convertirse en un círculo benevolente.