Adiós a Cándido Bidó, amigo, hermano, maestro

Adiós a Cándido Bidó, amigo, hermano, maestro

Cándido Bidó se ha ido para siempre, dejando desconsolados a su familia más próxima, a su inmensa familia del pueblo dominicano, que ha perdido a un hijo a quienes todos querían y que quería a todos. Todavía la trágica noticia , que golpeó la noche del lunes, nos deja incrédulos. Cándido era la vida en sus más hermosos aspectos. Cándido, hace muy pocos días, lucía radiante y feliz. Cándido, más activo que nunca, se entregaba a mil obras y proyectos. Cándido, como siempre, se olvidaba de si mismo para dedicarse a los demás.

Cándido Bidó sentía la necesidad de dar más y más, insatisfecho con el regalo que ofrecía a todos a través de su pintura tan generosa, llena de resplandor y afecto. Así, él hizo realidad una magnífica plaza cultural en su ciudad natal, Bonao, única fundación de esa naturaleza en la República Dominicana, donde está su Museo, también único museo de artista y que por supuesto es también el de otros artistas. Allí, se suceden exposiciones, se celebra una bienal nacional, se enseñan las bellas artes a niños y adultos, se estimula el trabajo de los artesanos. Allí, el pueblo se agrupa, orgulloso y alegre, alrededor del arte y la cultura.

Calificarlo sencillamente de gran aporte, sería empequeñecer la misión espontánea del altruismo, de la consciencia social y del amor. Llegado al clímax de la madurez y de los honores, Cándido Bidó jamás supo complacerse en esta situación cimera, sigilosamente lograda gracias a décadas de labor encarnizada y optimista. Si creemos al pintor Henri Matisse, la bondad debe ser una virtud del artista y contribuye a los vínculos que el arte debería  estrechar entre los hombres. De esa bondad, Cándido Bidó, es un ejemplo para todos, y su pintura también transmite un mensaje caluroso de amor y amistad.

En ella, se congregan las marchantas, los rostros, las maternidades, los bodegones, los paisajes, las casitas vernáculas, la flora, la fauna, las muñecas, las infantas,  hasta la “mano poderosa” y enigmática. Más de cincuenta y cinco años de oficio han producido las escenas y los escenarios que sus millares de admiradores esperan, a cada exposición. Todos quieren el astro legendario, las aves mágicas, los niños buenos y traviesos, los campos arroceros y la cordillera, que alojan las estrofas de su poemario visual. 

Pues Cándido Bidó también es un poeta. Si todo pintor metaforiza el mundo, ya que lo trasciende en líneas, planos y colores, el Maestro de Bonao escribe con sus brochas, su paleta y sus cuadros, versos muy especiales,  que  transmiten y transmutan la realidad dominicana. “Hay un país en el mundo” dijó Pedro Mir en versos imprescindibles cuando queremos evocar a Santo Domingo. Hay un país en el mundo, también clama Cándido, rimando con la luz, convirtiendo los tonos en melodías,  pincelando desde magnas epopeyas hasta sonetos de amor, dedicando cantares multicolores al Caribe, hospedado en cada una de sus telas, en cada uno de sus dibujos.

Hoy, miramos el cielo, el sol, las nubes, y, en el infinito, creemos ver a legiones de ángeles azules y anaranjados –Cándido no representó el mal-, en fin “las cosas y la gente de mi pueblo” que el artista jamás dejó de pintar.

A Inés, Paul, José Luis, Mayra, Karina y a los demás parientes cercanos de un hombre, un creador y un filántropo, compartimos su congoja y prometemos conservar su memoria.