“Acorde final”, inicio de un nuevo camino para la actriz Patricia Muñoz

“Acorde final”,  inicio de un nuevo camino para la actriz Patricia Muñoz

La actriz Patricia Muñoz inicia su tránsito en la dramaturgia, con la obra “Acorde final”, presentada en la sala Ravelo. La reconocida actriz no es aun una dramaturga, pero todo tiene un comienzo y este es un buen inicio, será el tiempo, de seguir en este intento, para el que no le falta talento, el encargado de reconocer o no sus méritos

“Acorde final” es teatro íntimo, una breve página desgarradora en la que la autora trasunta el estado emocional de la protagonista –Abril–, que ella misma interpreta, y convierte la escena como es propio de este tipo de teatro, en lugar de encuentro y confesión recíproca entre la dramaturgia, actores y espectadores, abordando con manifiesta sensibilidad el problema sicológico, elemento fundamental de la fábula.

La pena, el dolor ante la pérdida del ser amado, y la culpabilidad mórbida sin causa real, sumen a la protagonista en un estado de desprendimiento y abandono, en un duelo patológico que la conduce a un final trágico, previsible. Aferrada sólo a su piano, instrumento que cobra protagonismo, la obra se centra en el trabajo actoral de Patricia Muñoz, quien posee un potencial dramático enorme y siendo autora de la pieza, su transposición del personaje es muy auténtica.

Roles. Tres personajes secundarios coadyuvan a develar la intensidad de la tragedia que vive Abril. Carmen, la hermana, con parlamentos en los que asoman momentos de cierta hilaridad, enfatiza el abandono, en que se encuentra. Este papel, interpretado por Dolly Martínez, produce momentos de relajación, su actuación es ligera, grácil.

La hija, Isabel, advierte la tragedia que se cierne, e insiste en llevarla a su casa, sacarla de su soledad; Patricia Bank, muy centrada, devuelve la fiel imagen de la hija preocupada.

El tercer personaje es Cristóbal, el hijo que regresa del extranjero; consciente del problema que abate a su madre la colma de mimos que le son reciprocados, la invita a que se vaya con él, se abre un espacio para la ternura. Cristóbal es interpretado por el joven Mario Peguero, a quien no habíamos tenido la oportunidad de ver en escena. Su actuación nos pareció buena, convincente, advertimos en él un talento en ciernes.

Los argumentos llenos de amor esgrimidos por estos tres personajes no son suficiente para rescatar a la madre, quien sucumbe presa del trastorno mental.

La brevedad del texto –menos de una hora– lleva al director, Manuel Chapuseaux, a la utilización de mecanismos válidos de actuación para enriquecer el discurso escénico, entre ellos, el manejo del silencio psicológico de la palabra reprimida, que permite percibir lo que el personaje se niega a revelar, y contrariamente utiliza el “aparte” con el que la protagonista dialoga consigo misma, y –en consecuencia– con los espectadores.

La escenografía. Tiene pocos elementos, recrea el abandonado apartamento, buen trabajo de Patricia Bank. Chapuseaux convierte el final en un ritual, en el que la mudez y el gesto facial de la protagonista emulan en elocuencia; con marcada parsimonia, vestida de fiesta, Abril se dirige al piano… toca su acorde final. El público, impactado, espera más, pero ha sido todo y nada más.

Inicio. Patricia Muñoz da un primer paso en esta nueva vertiente teatral que asume. Nos unimos a los aplausos prodigados a ella y al elenco, y los remitimos a Manuel Chapuseaux, ausente.