Acerca de desobediencias y seguir la corriente

Acerca de desobediencias y seguir la corriente

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
El asunto no está en la existencia de las leyes. Está en su obediencia. No se trata de disposiciones presidenciales, que se suponen las más sacrosantas y reverenciables, pero que no lo son dentro de la singular democracia patituerta que nos gastamos tras el fin del temible Generalísimo Trujillo, con la excepción de los esperanzadores siete meses de Juan Bosch, cuando nos bañábamos en honestas firmezas sólidas.

¿Qué le costaron el cargo? Sí, evidentemente. Pero nos dejó una vigorosa muestra de honestidad posible y ejercida, que es para los deshonestos, como la cruz para el diablo o la afilada estaca capaz de matar al literario Conde Drácula. Pero ¿se gobierna para los deshonestos? ¿Son los deshonestos quienes, en espantosa mayoría, eligen a sus gobernantes, a los que van a decidir presente y futuro del pueblo, a los que van a utilizar, sabia o caprichosamente, el dinero que se paga en impuestos, a menudo abusivos e injustos?

Mantenemos  – tercamente, a lo Bosch – la convicción de que no es así. Se elige al Jefe de la Nación – eso, por aquí, es un Presidente – confiando en sus ofertas de justicia social, de mejores posibilidades para que la gente honrada pueda vivir decentemente, sin tantas angustias y carencias.

Sin embargo el Presidente y sus Secretarios de Estado o con tal rango – salvo excepciones que posiblemente puedan contarse con los dedos de una sola mano – se manejan con erraticidades que les arrancan credibilidad.

Un titular como el que publicó este periódico el jueves 22 del corriente: «El Presidente ordena inicio Plan de Ahorro de Energía» (sección El País, página 5) debería ser de gran alivio para la población dominicana, porque constituye un testimonio oficial de que el Gobierno gasta desorbitadamente en Energía, (también en otras cosas) y que parece enterarse de que en esas grandes capitales objeto de visita presidencial circulan mayormente vehículos utilitarios, de mínimo consumo de combustible, más fáciles de estacionar en las grandes urbes (ya Santo Domingo lo es y tal vez lo sea Santiago, que evapora su encantador aroma regional para adoptar la impersonalidad de cualquier gran ciudad norteamericana, latinoamericana, africana o asiática) y uno ve que tenemos una enorme cantidad de vehículos privados de gran consumo de combustible y aceite.

Como hace algunos años que no viajo al exterior, le solicité a un acucioso amigo que viajó recientemente a Miami, hospedándose con parientes en una zona elegante, frente a una carretera citadina, que en una «hora pico» (rush hour), cuando pasaban raudas las madres en busca de sus hijos, cuando se salía del trabajo, contara las características de los vehículos que pasaban bajo su balcón.

Lo hizo. Me trajo el reporte.

La gran mayoría se trataba de vehículos utilitarios. Pequeños Chevrolets, Fords, Volswagens, Toyotas y Nissans  – en alto porcentaje – ocasionalmente una camioneta de doble cabina…y ¡una yipeta! cada treinta, cuarenta o cincuenta vehículos.

Aquí, en la República Dominicana, la yipeta es un título, como antes lo fue el de Príncipe, Duque o Conde. Incluso cuentan los modelos y el año de fabricación.

– «Ese anda en una yipetica vieja» es una expresión algo contristante, muestra de que quien se traslada en ella es un pobre diablo. Con pretensiones, pero sin posibilidades.

Y llega a la conclusión de que el gran negocio está en la política. Y ahí se mete. Creyendo o no en lo que dice y defiende.

Si uno conversa un poco con él o ella, advierte la presencia de un tóxico de desencanto. Al cabo de un rato de agobio, confiesa:

– «Es que esto no tiene remedio…hay que seguir la corriente».

Y esto me recuerda, trágicamente, una cancioncilla infantil británica que dice. «Row, row, row your boat gently down the stream/ merrily, merrily, merrily, life is but a dream» (Rema, rema, rema tu bote gentilmente con la corriente, alegremente, alegremente, alegremente, que la vida es sólo un sueño). Los niños ingleses la cantan con mucha frecuencia.

Pero no le hacen caso a su sentido. Por eso ellos están mejor.

Y nosotros peor.