Acatar sin refutar

Acatar sin refutar

Primero la necesidad del silencio. Ese callar por miedo, por complicidad y también por cobardía. El discurso veraz, mataba. Desde el ditirambo ridículo a la hipérbole rupestre, insustancial, las cabriolas para encubrir fueron múltiples. Cualquier hablante tenía que convertirse en gimnasta del verbo para preservar libertad, patrimonio y vida. Decir y no decir para un decir asustado, sin convicción, con el descaro y la esperanza del converso.
La impenitente osadía de Joaquín Balaguer, escribe en “Semblanzas Literarias” -1948-, luego de alabar el coraje de los incluidos en el libro, lo siguiente: … “las generaciones actuales no podrían pasar sus ojos sobre las vidas de aquellos hombres sin sentir un poco de asco de sí mismas”. Porque de eso se trata, asco, repudio, a tanta abyección, a tanta estrofa encubridora. Balaguer asume su condición de panegirista de la tiranía en “La Palabra Encadenada”.
Para injuriar y comprometer a otros taimados, proclama que jamás escribió un verso en honor a Trujillo. Cree que la preservación del poema lo exculpa.
Generaciones de connacionales crecieron entre el sigilo y el bisbiseo, el disimulo, la delación. El rumor, “esa precaución que toman los hechos antes de convertirse en verdad”, servía de referencia. La desconfianza sacrificaba afectos, asimismo atenazaba la escritura y la conversación. El grito redimía, pero su persistencia era mortal. El silencio y la metáfora salvaban, evitaban el arrojo inútil del suicida. Con el asomo de la democracia, el barullo ocupó la palabra para difundirla, resarcirla, estrenarla. Advino otro tiempo. Fue el estallido. La asonada para mantener la ilusión que provocó el tiranicidio. La vigencia del riesgo libertario, la reivindicación del discurso. El momento de la arenga y la proclama, el uso de la plaza pública como nunca había ocurrido.
A pesar de aquellos caporales tremebundos, que entendieron la contundencia de las letras y usaron la extorsión y el disparo para disuadir, el atrevimiento se impuso. La rebeldía usó libretas y lápices, manifiestos y consignas, hasta homilías excepcionales, ocuparon el lugar que la represión arrebataba. La censura flaqueó, de alguna manera fue vencida. La violencia no logró acallar las teclas ni secar la tinta. La sangre pretendía apropiarse del espacio. Los mártires provocaron la ira y la persistencia. Después del triunfo de la hidalguía, sin precio ni claudicación, primó la distorsión. Los impostores contaban sus fábulas heroicas. Entonces fue ese no saber a quién servir y servir a todos. El arriendo y la pública subasta de la crónica. Reinó la codicia, los cantos fueron otros y no solo de gallos. Atrás principios y embiste ideológico, el mundo cambiaba y las necesidades también. La ambición pautó derechos y reclamos. Momento de ser y no ser, parecer.
Hoy se trata del derecho a imponer ideas. Es la Babel dominicana sin parangón ni precedente. El regodeo de representantes de la élite, con camuflaje liberal y reformador. Obcecados con el diseño de poderes del estado a su imagen y semejanza, para ratificar la impunidad sempiterna que excluye a cuarterones y advenedizos. Renuentes a reconocer la transformación de la composición social criolla, a dentelladas, reclaman usufructo y nuda propiedad del terruño.
Usan el subterfugio de la virtud y azuzan el aullido de sus perros de presa, arrogantes e intemperantes. Vocería vehemente y arrolladora. Culto con oficiantes paganos cercados por la soberbia y alejados de la mayoría que pretenden controlar. Actúan convencidos de su condición de depositarios de la verdad, la propia. Asumen el territorio como heredad sin desvelo por su arriendo. Saben que los protectorados compensan la servidumbre. Exigen, denuncian, enfangan.
Saben que su talante es inexpugnable, por eso trasgreden sin respeto a la norma que fingen defender. Quieren mantener sus dominios sin cumplir mandatos. Prefieren el caos al imperio de la ley. Desde sus atalayas cívicas no quieren ser ciudadanos sino próceres. Se apropian del derecho a la libre expresión y quien no avala lo dicho en sus cenáculos, perece. Acatar sin refutar es peligroso. Quizás apuestan al peligro.