A PLENO PULMÓN
Sal marina caribeña

A PLENO PULMÓN<BR>Sal marina caribeña

Muchos escritores de profesión practican métodos de trabajo propios de buzos.  Primero, una inmersión en la sociedad en que nacieron con el propósito de observar detenidamente las costumbres, prejuicios, aberraciones, bondades y maldades de los habitantes de su país.  Después de haberse sumergido en el oleaje histórico de los pueblos, suben a la superficie a tomar aire.  Entonces tratan de comunicar a los demás lo que han visto al “meterse en lo hondo”.  En ese momento desean aislarse para reflexionar sobre lo que han oteado y ordenar sus impresiones. Con esta finalidad, un escritor dominicano se instaló en una rústica vivienda de Palmar de Ocoa.

Allí, frente al Mar Caribe, pensó encontraría la paz necesaria para escribir “Cartas de la baraja”, un libro que había proyectado muchos años atrás.  Nunca lograba avanzar en la redacción de esas “52 cartas de la baraja”.  Eran, realmente, cartas, esto es, misivas dirigidas a diferentes personas: novias de la adolescencia, amigos que decidieron emigrar, maestros de la escuela secundaria, sujetos estrafalarios con quienes topó en trenes y aeropuertos.  Siendo estudiante, una obesa señora con turbante rojo y amarillo le había “echado las cartas” sobre una tabla para “darle a conocer el futuro”.  Le dijo: “serás escritor; pasarás trabajos enormes para llegar a serlo; sufrirás por todo lo que pienses y escribas”. 

El dueño de la vivienda explicó al inquilino: –en esta terraza techada de palma-cana podrá leer y escribir todo lo que quiera durante la semana.  Puede pescar en la costa y usar aquel bote. Si va a dormir la siesta en hamaca, sacuda primero la soga; la sal del mar corroe las argollas; no quiero que se desnuque.  La cremallera para subir la yola está oxidada; póngale grasa de motor.  Si sopla mucho viento, quédese dentro de la casa.

El escritor durmió en la hamaca, comió pescado fresco, bebió ron con coca-cola, pero no escribió nada.  Vacilaba entre comenzar por los ases o por los reyes.  La señora del turbante había dicho muy claro que en los tréboles estaba la suerte suya.  “Cartas de la baraja” sería un libro hecho con las cartas mismas sobre la mesa: tréboles, ases, reyes y reinas.   Los aires caribeños ayudarían a escribirlo.