A PLENO PULMÓN
Hermandad reciente

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Para muchos dominicanos pobres la droga ha sido, primero que todo, la vía tortuosa de garantizar la supervivencia; luego un camino de “superación” económica; después, una “fórmula” de estabilidad social y de afirmación de la propia estima.  Difícilmente podrían “llegar a ninguna parte” a través del trabajo, o del crédito, o de la educación.  Han vivido siempre en un callejón angosto, sin salida visible.  Usar drogas y comerciar en ellas es una “avenida ancha”, aunque llena de peligros.  Los más turbulentos perecen rápidamente; los inteligentes y cautelosos arriban a la “disposición de asociarse”.  Con otros traficantes, desde luego; pero también con funcionarios, policías, militares, comerciantes.

En poco tiempo construyen una “guarida resistente”, levantada con materiales o agregados que van desde el cohecho hasta la extorsión y la intimidación.  Proceden de un mundo de violencia continua, donde no hay tregua ni piedad.  Las personas que se han educado fuera de los barrios marginados no tienen siquiera los “datos previos” para hacer funcionar su imaginación; no son capaces de “ponerse en el lugar” de esos desesperados e intentar comprender el ambiente en que les ha tocado vivir.

No se trata de la RD solamente; o de las ciudades de “países subdesarrollados”.  También en Europa hay adictos a las drogas y narcotraficantes que les venden estupefacientes.  Lo mismo en Madrid que en Hamburgo, en Ámsterdam o Nueva York, una porción considerable de sus habitantes sobrevive en medio de delincuentes degradados y violencia policial.  Los hábitos sexuales pueden ser modificados por el uso de drogas; y los que no son adictos terminan por acostumbrarse al espectáculo de las “nueva modalidades” de sexualidad compartida, grupal o colectiva.  Las formas de ganarse la vida económicamente cambian –en ese contexto-, al hilo de las variaciones de la conducta general.

Las personas “ascendidas a la abundancia repentina”, compran y consumen objetos caros que les asemejen exteriormente a los miembros de familias ricas tradicionales.  Visitan discotecas y restaurantes donde comparten con jóvenes adinerados –a veces también educados-, que “no conocen bien el mundo” de la prostitución, las drogas, el comercio ilícito.  En poco tiempo se establece entre estos grupos sociales –antiguamente separados por diversos prejuicios- una hermandad en el gasto, el placer, los negocios.