A PLENO PULMÓN
Adhesiones y repudios

<STRONG>A PLENO PULMÓN<BR></STRONG>Adhesiones y repudios

Gómez de la Serna escribió un libro dedicado a los movimientos artísticos de las vanguardias europeas de comienzos del siglo XX.  Ese libro, titulado “Ismos”, lleva un prólogo del autor en el que dice: “Ya que se contrae el mundo, gracias a la telecomunicación, lo tenemos que ensanchar con la invención”.  Se refería, en primer lugar, a la invención artística, a la innovación intelectual.  Pero eso no impide que apliquemos la frase a la invención técnica, a la renovación de los métodos de acción política.  En este último asunto parece que estamos anquilosados en la República Dominicana.

Hacemos “lo mismo”, una y otra vez.  Si un ciclón arrasa cosechas, enseguida alguien declara enfáticamente: “hay que poner a trabajar a los ociosos; aunque sea a “chapear”; es una emergencia”.  Emergencia y “chapeo” han llegado a ser “sinónimos políticos”, una clasificación desconocida por los especialistas de la gramática.  Desde la época de Trujillo la retórica política ha cambiado muy poco entre nosotros.  Los comunicados políticos para respaldar un proyecto, o un candidato, siempre expresan “adhesión incondicional y apoyo irrestricto”, dos cosas igualmente dañinas, que deberíamos desarraigar de las costumbres partidistas.

Del mismo modo, cuando se trata de oponerse a una medida de gobierno, a una posición política, a una reforma administrativa, lo usual es decir: “manifestamos por este medio nuestro indignado rechazo y más enérgico repudio”.  Nos hemos pasado la vida entre “enérgicos repudios”, “apoyos irrestrictos” y “adhesiones incondicionales”.  Promovemos así actitudes simplistas, en blanco y negro, sin matices de ningún género. Esto, en el mejor de los casos, pues con frecuencia el “repudio” no tiene nada de enérgico y no es más que una impostura.  Y peor es la “adhesión incondicional”, que fomenta la abyección, la degradación de la militancia política.

 Muchas escuelas de formación política, generalmente auspiciadas por los partidos, se limitan a enseñar ideologías y doctrinas del siglo XIX o la historia social de Occidente a partir de la Revolución Francesa.  Algunas ponen el acento en los métodos de proselitismo político, en el “mercadeo” de candidatos.  Otras escuelas de entrenamiento de líderes dedican grandes esfuerzos a la publicidad de las campañas electorales.  Dejan poco espacio a la educación cívica y a la “invención” política.