A PLENO PULMÓN

<P>A PLENO PULMÓN</P>

Ombligo hacia el cielo

Una extensa playa de arenas blancas por donde caminar descalzo es el sueño de miles de burócratas, en muchísimas ciudades.  La Semana Santa, algún trozo del verano, son épocas  “propicias” para ir a las playas.

El agua del mar impregna el borde de la arena y enfría el exceso de sol; empuja hacia afuera caracoles, plantas marinas, restos pulidos de botellas verdes o rojizas. 

El incesante oleaje es música que acompaña todas las playas del mundo.  Sin ese ritmo telúrico las playas no producirían ningún efecto sedante en los bañistas y mirones que las invaden.

 Es un rumor propio de las playas.  Pablo Neruda escribió: “el cinturón ruidoso del mar ciñe la costa”.

Las playas del Océano Pacífico no se parecen a las del Mar Caribe.  Los arrecifes son distintos, los líquenes también; las arenas del Pacifico son grises y ásperas. 

Comparar nuestras arenas de coral con las de Valparaíso es como decir mármol y cemento; uno pulido, otro en bruto.

Algo triste se percibe en esas costas habitadas por leones marinos y navegantes  profesionales.

Al caer el sol, la tristeza sube; el mismo Neruda nos dijo: “son más tristes los muelles cuando atraca la tarde”.

En las Antillas no es así; por acá  lo único que puede entristecer  playas y muelles es la lluvia pertinaz.

El hombre antillano teme a la lluvia como el diablo a la cruz.  Si llueve torrencialmente,  las amas de casa disponen cocinar sancochos; las viejas recurren al Santo Rosario, los varones maduros beben ron  para espantar las tristezas que traen nubarrones y chubascos tropicales inesperados.  Hasta los pájaros de la costa chilena son diferentes de los de estas islas “de sol y cocoteros”.

La gaviota austral y el alcatraz de la bahía de San Francisco adaptaron sus plumajes al paisaje circundante.

Otros versos del gran poeta citado sugieren tristeza de playa y pájaros: “mis palabras se adelgazan a veces/ como las huellas de las gaviotas en las playas”.

 Deseo quedarme en una playa durante algunos días, echado en una tumbona, con el ombligo orientado hacia la constelación de “los tres reyes magos”.

 Samaná  es el destino ideal para haraganear sin sentimientos de culpa, lugar perfecto para mirar las estrellas.

henriquezcaolo@hotmail.com