A mi padre: in memorian

A mi padre: in memorian

VLADIMIR VELÁZQUEZ MATOS
No sé realmente cómo comenzar este artículo. Pasan tantas cosas por la mente, tantas impresiones, imágenes calidoscópicas de manera vertiginosa, que aún me siento incrédulo, confundido, ansioso porque algo o alguien me dé una razón, algún sentido a cuánto siento, a este vacío que ha honrado todo mi corazón.

Para cuando se publiquen estas líneas ya habrá pasado un par de semanas desde el funeral de papá, y pese a todos los honores rendidos, a las muestras de afecto y admiración de la innumerable cantidad de personas que lo conocieron personalmente a través de sus escritos de análisis político en su columna “Palco de Sombra” o sus programas “Hablemos Claro, “Prisma” y “Alto Nivel”, aún –lo confieso– no me creo todo esto, pues este ser tan pleno de energía, entusiasmo y vitalidad, que lo llenaba todo con su magnética presencia y que tanto amamos sus hijos y nuestra madre, ya no esté nunca más con nosotros; ese ser que deseaba seguir sirviéndole al país, pero desde el servicio exterior, y que por una maligna enfermedad se haya consumido al final como una simple velita en una larga noche muy oscura.. así no más.

Mi papá, Miguel Angel Velázquez Mainardi, fue para nosotros, sus hijos, una especie de gran astro dador de luz y calor, manteniéndonos sujetos a su órbita debido a la gran fuerza gravitacional de su amor, a la enorme irradiación de nobles ideales e innegociables conceptos morales y patrióticos, siempre demostrando su cara de hombre afectuoso, pleno de bondad, que gozaba de una rica vida familiar colmada en sus últimos años con el nacimiento de todos sus nietos, especialmente en sus días finales, en medio de los más terribles dolores, donde les dio su última bendición.

Ya muchos prestigiosos articulistas han trazado un justo perfil del hombre público, batallador, soldado moral de arma en ristre en la defensa de los más genuinos intereses de la nación, que era insobornable e inflexible ante las maquinaciones más perversas e ignominiosas en contra del interés colectivo, tanto desde la tiranía trujillista hasta los pertinaces desafueros del PPH, pero que en este escrito, yo, su hijo mayor, deseo hacerlo de acuerdo a cómo lo vi, desde la cercanía que nos brinda la intimidad, el trato cotidiano de cuanto recuerdo de él desde que tengo uso de razón, rememorándolo como lo que siempre fue y se mantendrá incólume en lo más profundo de mi ser: un extraordinario padre.

La primera imagen que me llega de él era rítmico el tecleo de su máquina de escribir –el instrumento de trabajo que nos dio la comida, la educación y el cobijo– allá por los años sesenta en Caracas, mientras vivíamos en el exilio, y aunque papá no podía entonces dedicarse a esas labores de la comunicación, pues tenía una gran prole que mantener y vivía de múltiples trabajos (como vendedor, publicista, impresor, etc.), siempre lo recuerdo en esa pose característica frente a su máquina con la pipa (entonces fumaba en ella hasta cambiar a los cigarrillos).

Fueron años muy duros, aunque a decir verdad, nunca los sentimos mis hermanos o yo, pues tanto él como mamá se las arreglaban para que nada nos faltase, absolutamente nada, y estudiáramos en buenas escuelas y viviéramos en lugares decentes.

Así transcurrió nuestra vida allá en el exilio, siempre con el anhelo en labios de papá de regresar a nuestra tierra (aunque tres de mis hermanos son orgullosamente venezolanos), para él realizarse en lo que tanto le obsesionaba y que fue su razón de vida, es decir, la lucha por la libertad y la democracia en nuestro país.

Llegamos al país a mediados de 1973, en pleno fragor de los 12 años, cuando hubo una amnistía y muchos dominicanos perseguidos tras el derrocamiento del primer ejercicio democrático después de la tiranía, el gobierno del profesor Bosch, se les permitió regresar y empezamos desde cero en una sociedad que no conocíamos –al menos nosotros, los niños–, llenos de estrecheces materiales que el momento y las circunstancias imponían, pero siempre bajo el ala protectora de nuestros padres.

Pese a lo duro que fue ese período histórico con la desaparición de tantos intelectuales, estudiantes y periodistas por parte de los “incontrolables del régimen” (recuerdo que Orlando Martínez, siendo yo apenas un muchachito, lo conocí una semana antes de su cobarde asesinato en mi casa), de las amenazas de muerte que a mi padre, vía telefónica, le hacían y que nosotros recibíamos aterrorizados al tomar el auricular, pero siempre, insisto, siempre, mi papá sabía sortear esas vicisitudes manteniéndonos alejados y protegidos de ese mundo de luchas violentas y puntos de vista irreconciliables ajenos a nosotros, no como niños que éramos.

Lo mismo puedo decir de los dos gobiernos subsiguientes del PRD, que no fueron unos mangos bajitos como algunos interesados quieren hacer ver a la sombra del olvido (por algo estuvieron 14 años fuera del poder), sobre todo el segundo, donde recuerdo, muy claramente, la mañana en que todo el país amaneció pintarrajeado con insultos hacia mi papá y a nosotros sus hijos (los letreros y graffitis decían que papá nos había entregado a las drogas), y ví, por primera vez, por la indignación que le produjo semejante calumnia, llorando inconsolable a este hombre, que sólo había denunciado con la responsabilidad tenaz que lo caracterizaba desde su curul (hay que recordar que entonces era diputado), además en su columna y programa de televisión, del gran problema del narcotráfico que en ese momento comenzaba a florecer a sus anchas, y el cual fue la causa de su postura irreconciliable con aquel gobierno (sino búsquese todos los artículos de ese período o los libros “Narcotráfico y lavado de dinero en Rep. Dom”, “Responsables de la deuda externa, “Corrupción e impunidad” entre otros), y no como malintencionadamente se ha dicho por ahí, que el malentendido con aquel gobierno se debiera a que él pidió un cargo que le negaron.

Pero olvidándonos de esa faceta que casi todo el mundo conoce, papá, junto a mi mamá, fueron los que siempre incentivaron nuestras vocaciones –tanto a los que nos dedicamos al arte como a los que siguieron carreras convencionales–, encontrando nosotros un apoyo incondicional a esas áreas que siempre lo gratificaban de un gran orgullo.

Siempre me decía: “Vladimir, lo único que hace al hombre grande, lo que lo singulariza haciéndolo superior, es, además de sus sentimientos, el trabajo…”.

Y ese fue el ejemplo que siempre ví de él, de un hombre entregado en cuerpo y alma a sus múltiples labores, que se levantaba todos los días antes de las cinco de la madrugada para ir a caminar al Mirador, llegaba temprano a los periódicos Hoy y El Nacional en donde era el coordinador general, escribía su columna y mantenía sus espacios televisivos, eso sin contar su apretadísima agenda de encuentros, entrevistas, reuniones políticas y sociales, y como si ello no fuera poco, siempre encontraba espacio para la lectura, una de sus pasiones, característica esta que siempre recordaré de él, pues era un voraz lector.

Al pasar de los años y hacerse abuelo -tenía cinco nietos-, su vida se hizo enteramente plena, y no había domingo que él no los sacara a pasear de arriba para abajo, hora comiendo helados, hora yendo a los carritos chocones de Arcadas, hora en el zoológico, etc., jugando y riéndose con las ocurrencias de ellos.

“Hoy papá, cuando ya no estás más con nosotros en esta dimensión material, teniendo que lidiar con el profundo dolor de tu partida, atesoramos en nuestra memoria tu recuerdo y las muchas bendiciones que con tu ejemplo y abnegado amor has sabido cimentar en nuestros corazones”.