Oasis existencial Dedicado a Rosalina Perdomo

Oasis existencial Dedicado a Rosalina Perdomo

Ese gran simulacro, Mario Benedetti
Cada vez que nos dan clases de
amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huérfana
cada vez que nos dan clases de
amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros

en mi región hay calvarios de
ausencia
muñones de porvenir / arrabales
de duelo
pero también candores de
mosqueta
pianos que arrancan lágrimas
cadáveres que miran aún desde
sus huertos
nostalgias inmóviles en un pozo
de otoño
sentimientos insoportablemente
actuales
que se niegan a morir allá en lo
oscuro

el olvido está lleno de memoria
que a veces no caben las
remembranzas
y hay que tirar rencores por la
borda
en el fondo el olvido es un gran
simulacro
nadie sabe ni puede / aunque
quiera / olvidar
un gran simulacro repleto de
fantasmas
esos romeros que peregrinan por
el olvido…
el día o la noche en que el olvido
estalle
salte en pedazos o crepite /
los recuerdos atroces y de
maravilla
quebrarán los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por
el mundo
y esa verdad será que no hay
olvido.

Confieso, a pesar de mi apariencia sociable y abierta, que la soledad me enamora y cuando llego a ella, que siempre me espera, la disfruto enormemente. Poder quedarme quieta, sin prisas, sin la premura de un horario que impone su ritmo, constituye un verdadero regalo del cielo, un oasis existencial. Es una soledad compartida, al lado de Rafael, el compañero de mi camino. Adoramos retirarnos del mundo para construir el nuestro. De estar juntos, a veces nos conformamos con solo contemplar; o simplemente cada uno inmerso en sus propios pensamientos o faenas. Nos sentimos acompañados, hablándonos sin palabras, solo con las miradas, o con los silencios. Olvidarnos por algunas horas, algunos días de los discursos vacíos de los que quieren ganar el voto. Un espacio sin escuchar mentiras y falsedades, sin escuchar las voces del nacionalismo rancio y de la intolerancia que cada día se propaga y tiene más y más adeptos.

De tanto pedir que utilicemos más la razón que los intereses, me he quedado afónica, casi muda. Una afonía que se ha convertido en agonía existencial, en tristeza profunda de ver cómo esta sociedad nuestra se desangra por atarse a prejuicios, por su incapacidad de amar al otro con sus diferencias, sus virtudes, sus ideas, sus opiniones… Nos definimos como demócratas, pero solo nos importan las personas que piensan como nosotros. Los que afirman lo contrario, los que no comulgan con nuestras ideas son denostados, vejados y martirizados con palabras. Nos decimos cristianos y rechazamos a los que nacieron con el color incorrecto en su piel.

Y ahora, que vivimos el ritmo acelerado de la campaña electoral, la historia se repite, se repite y se repite ad infinitum. El Gobierno dice que lo ha hecho bien, tan bien que merece quedarse cuatro años más, aunque para ello hubo que modificar la Constitución de la República y desdecirse una y otra vez. La oposición desintegrada. El PRD, algo insólito apoyó al Gobierno reeleccionista. El PRM no prende, no arranca. Los partidos pequeños buscan ser la tercera opción, pero juntos no alcanzarán un porcentaje decente de votación que les permita mantener el reconocimiento. En vez de unir fuerzas, se han quedado atomizadas. Y las caravanas siguen siendo lo mismo: gente que acude a levantar banderas por unos cuantos pesos. Y, todavía, en pleno siglo XXI, seguimos en las mismas: venta de la conciencia por necesidad.

Ser historiadora a veces tiene sus dramas. Conocer el pasado te condena a ver el presente de manera distinta. Constato con dolor que las cosas que suceden ahora son meras repeticiones del ayer. Se diferencian solo en la sofisticación de los sucesos. La plantilla de Lilís ahora es una tarjeta electrónica de Solidaridad. El compadrazgo de Lilís, y de otros caudillos del siglo XIX, se llama ahora clientelismo. La corrupción alcanza niveles insospechados, antes, muchos años antes, eran cientos de pesos, que al peso de hoy podrían ser equiparados. El hecho es el mismo: el asalto al poder como botín pirata del siglo XVI.

Ante esa realidad, cansada de gritar, me he retiro temporalmente del mundo, y prefiero el oasis de la soledad. Sin olvidarme del entorno, de los que me aman y de los compromisos que he asumido, mientras puedo me retiro del mundo para vivir otra dimensión desconocida.

Desde hace unos años, Rosalina Perdomo, una gran educadora y amiga, disfruta iniciar cada día con la observación de la naturaleza. Observa las mariposas, las flores que se abren, los pajaritos que se alimentan del néctar de las flores. Finalizada su contemplación inicia su día laboral, como maestra comprometida en la formación de los jóvenes. En los fines de semana su contemplación aumenta y llega al mar, a las montañas y al cielo. Es capaz de observar las nubes por largo tiempo para adivinar sus figuras. Y ella, sin saberlo, me enseñó a reconocer la belleza de lo cotidiano, de lo evidente.

Al principio me pregunté por qué la amiga había girado de esa manera su vida. Después contemplando sus fotos y videos en Instagram he visto el fondo de su pensamiento. Prefiere ampliar la dimensión de su propia alma a través del lenguaje de la naturaleza. De vez en cuando, utiliza la excusa de la flor para recriminar a la naturaleza humana.

Después de analizarla, he querido transitar por sus senderos. Envidiaba su alegría al contemplar el vuelo de un pequeño pajarito de su jardín, y opté por imitarla. Aprender, como Rosalina, a disfrutar lo nimio, lo cotidiano. Para descubrir la belleza de las flores, de las hojas y sus diversas tonalidades, del pajarito que acude a nutrirse del agua dulce que le prepara Rafael, de las mariposas que adornan la naturaleza y sus colores, del mar con sus idas y venidas, de las gaviotas que vuelan libremente ignorándonos altivas desde su vuelo.

Y en esa nueva experiencia vivencial volver a recuperar la humanidad, la esperanza, la alegría de iniciar de nuevo, de volver a la vida, a mi cotidianidad. Es la única manera de recuperar las fuerzas necesarias para enfrentar los retos nuevos.

La soledad, lo reconozco, representa un peligro, pues podría uno convertirse en un ser solitario y egoísta. El retiro de silencio debe ser temporal, porque, aquellos que tenemos compromisos con la vida, tenemos que salir para volver a la realidad. La soledad solo te ayuda a recuperar las fuerzas, a analizar la sociedad desde la distancia, a evaluar tus acciones críticamente para luego regresar. Ese equilibrio de salida y entrada es la forma más efectiva que he encontrado para no morir ahogada con los chillidos, los ruidos estridentes de una realidad que se resiste a cambiar. Ver la belleza de lo nimio es el mejor y más saludable respiro para el alma. Hasta la próxima.