“¡Que no era eso, que no era eso!”

“¡Que no era eso, que no era eso!”

En 1931, durante terribles días en España, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y otros intelectuales habían estado arengando a los jóvenes izquierdistas en contra de ciertas posturas de la Iglesia. Se les fue la mano, a los agitadores en sus motivaciones o a los agitados en sus acciones, pues los muchachos salieron a quemar conventos e iglesias. Fiel al imperativo de la más lúcida razón, Ortega rápidamente condenó el vandalismo anti-eclesial y produjo, con Marañón y otros pensadores, un artículo cuya primera oración invoco: “la multitud exótica e informe no es democracia sino carne consignada a tiranías”.

Mi invocación es con motivo del triste espectáculo ofrecido por descendientes, parientes y dolientes de los héroes del 30 de Mayo, indignados por un libelo de la hija menor del tirano Trujillo, quienes con más entusiasmo y justificado dolor que con frío buen juicio, impidieron la semana pasada que fuera presentado un libro con las malas memorias de Angelita Trujillo.

Le hicieron un favor. Le ha regalado un alud de publicidad. Peor aún, aunque fuera motivado por nobles sentimientos –como la defensa de la memoria ofendida de los héroes del magnicidio- y puros ideales –la promoción de la libertad y la democracia-, el grupo de damas y caballeros que se constituyó casi en turba olvidó que los inmensos sacrificios que padeció buena parte del pueblo dominicano para librarse de los Trujillo no fueron para impedirle expresarse a otros dominicanos, aun sean Trujillos y aun mientan o abusen de la libertad.

A mí, como a muchos, la pretensión de Angelita Trujillo de embarrar con su propio estiércol a héroes tan señeros como Luis Amiama Tió, me parece tan puerilmente absurda que no merece acreditarse con una reacción tan apasionada. Según las reseñas de la prensa, el libeloso libro parece encaminado a intentar desacreditar a los héroes que nos libraron de Trujillo.

Cincuenta años después de los hechos, a Angelita Trujillo hay que verla en su justa dimensión como el residuo de una porquería que fue el trujillismo. Sus violaciones a la ley, al difamar libelosamente a héroes nacionales, debe ser enfrentada por los dolientes en los tribunales, aquí y en Miami, para que se haga Justicia.

Ante los despropósitos del neo-trujillismo, ningún dominicano debería rebajarse a usar métodos trujillistas para combatirlos. Sería una paradójica manera de honrar al tirano.