“Peor para el paisaje dominicano”

“Peor para el paisaje dominicano”

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Me han contado la historia de un pintor radicado en Santo Domingo durante la Segunda Guerra Mundial. Según parece, este pintor era un judío alemán que huía de los horrores de la guerra en Europa, del sistemático exterminio de su pueblo organizado por el canciller Adolfo Hitler. No puedo saber con exactitud qué parte de la historia es verídica y cual otra porción ha sido inventada por los narradores. El caso es que conocí al pintor siendo yo un niño. No es que lo tratara o hablara con él sobre su pintura o acerca de las vicisitudes de su vida en Europa.

Más bien lo miraba de lejos, observaba las actividades que desplegaba para sobrevivir en la República Dominicana, gobernada entonces por el generalísimo Trujillo.  La diferencia entre nuestras edades era abismal. Nunca hubo un punto de contacto que pudiera llamarse íntimo o personal.

Este hombre, maduro y rechoncho, despertaba la curiosidad de un adolescente que debía acudir todos los días a la escuela, instalada en la misma calle donde vivía el pintor. Se decía que era grabador de profesión y que, además de pintor, también era un fecundo inventor. No podía, pues, ser su amigo; nunca pasé del saludo, neutro y brevísimo, de un niño hacia un adulto extranjero. Pero oía las opiniones de algunos maestros que, sin duda, le conocían mejor que yo y estaban en condiciones de comprender asuntos de los que no tenía la menor noticia. El bigotudo pintor visitó un día al jefe de la policía de Trujillo para solicitar un juego de neumáticos para su pequeño automóvil de dos puertas. Las gomas estaban racionadas a consecuencia de la escasez provocada por la guerra mundial. El policía preguntó: “¿Para que quiere usted las gomas? ¿Qué servicio de trabajo realiza usted en ese vehículo?”. El pintor miró al jefe de la policía detenidamente, adelantó el torso desde su asiento y le dijo: “General, lo que deseo es pintar paisajes de la República Dominicana; trasladarme a las montañas, al nacimiento de los ríos, y hacer bocetos del paisaje al carbón y luego realizar grabados con agua fuerte o pintar lienzos al óleo. Los árboles y pájaros de este país quedarán representados en mis cuadros, los rostros típicos de los dominicanos, bailando o tocando merengues, serán fijados para siempre en una historia gráfica, cromática y artística. La gente de esta isla tropical podrá contemplar su naturaleza veinte años después y disfrutarla estéticamente”.

El militar se levantó bruscamente de su escritorio, aparentemente molesto; con un gesto terminante, alzó la voz: “¡Para eso no tenemos gomas; usted es un refugiado; no entiende que el generalísimo Trujillo no aprobará que yo le entregue las gomas para que usted juegue con acuarelas y pinceles; no tendrá ninguna goma”. El hombre aguantó el chaparrón, se encogió de hombros y torciendo la boca, dijo: “Peor para el paisaje dominicano”. No puedo certificar que haya ocurrido así, pero es así como me lo han contado. El pintor se fue a su casa y ese día no pintó. Cuentan que decidió dedicar su ingenio a la fabricación de artículos de uso doméstico para venderlos y acumular dinero con qué comprar un boleto de avión hasta los EUA.

Un profesor de la Escuela Normal de Varones Presidente Trujillo me explicó que el pintor había inventado el “escurridor de pisos”: un adminículo con una lámina de caucho montada en un travesaño, provisto de un largo palo que servía de mango. Con esta herramienta un piso mojado podía secarse rápidamente. También fabricaba unas escaleras de tijeras que no había que recostar de las paredes, que podían cerrarse para guardarlas, que ocupaban poco espacio en un clóset. Se decía que había patentizado un marcador de anilina para poner el “sello de origen” a sus artefactos domésticos. A ciertas personas, adineradas y cultas, el pintor les vendía colecciones de grabados hechos sobre cobre. En la “Colección Bellapart” se encuentra un cuadro de 51 x 61 centímetros, que es un óleo sobre madera, titulado “Paisaje campesino”, obra maravillosa de ese artista alemán. La composición y el colorido son extraordinarios. Pueden verse en el Museo de Arte Moderno “El Bombero”, un óleo de 77 x 61 cm; y “Misa en la Catedral”, otro óleo, pintado en 1940, una tela de 180 x 150 centímetros.

Muchos años después escuché otras historias en conexión con el grabador – pintor – inventor – paisajista. Comencé a hacer preguntas políticas sobre los primeros años de la dictadura de Trujillo, sobre la vida de los judíos en Europa entre 1933 y 1945; también sobre el arte de dibujar con cera y estilete en superficies metálicas. Al cabo de otros diez años, ciertos conocedores de la pintura dominicana, y algunos coleccionistas, me mostraron muchas obras realizadas por el rechoncho judío alemán que vendía escurridores y escaleras. Se llamaba George Hausdorf. El nombre del jefe de la policía que negó los neumáticos no será recordado, a no ser en relación con la vida del artista. Sin embargo, un amigo mío, a quien estimo de veras, me dijo que en nuestro país es más fácil que Hausdorf sea olvidado y el jefe de la policía honrado por el ayuntamiento al rotular una calle con su nombre.

henriquezcaolo@hotmail.com