“Mario Vargas Llosa, la libertad y la vida”

“Mario Vargas Llosa, la libertad y la vida”

En la primera planta del Museo del Hombre Dominicano se presentó una exposición particularmente adecuada para la Feria Internacional del Libro, “Mario Vargas Llosa, la libertad y la vida”.

Esta celebración simultánea –programada desde el Ministerio de Cultura– favoreció, por situarse en un evento multitudinario, una  muy nutrida asistencia, y de jóvenes en particular. El único inconveniente de esa coincidencia fue la brevedad de una muestra tan importante, que ameritaba permanecer  –como en otros países– durante más de un mes.

Si del tiempo pasamos al lugar, todavía sorprende su adaptación al montaje exigente de un conjunto de secuencias, objetos y documentos entre fotografías, libros y soportes de textos varios. Del inmenso vestíbulo –dedicándose finalmente un espacio mayor a esta exposición–, surgieron una construcción y un circuito: mostradores, pantallas, vitrinas, recodos, tabiques, hasta paneles colgantes.

Ana Osorio, co-curadora peruana, aunando también las funciones de coordinadora y museógrafa, fue la autora de esa notable escenografía funcional, como ella lo había sido en las etapas y locales anteriores de esta exposición itinerante. ¡Hazaña que logró en pocos días!

La exposición. Tratándose de un novelista, dramaturgo y ensayista, principal en el mundo, apasionado –si no obsesionado– por la escritura prácticamente desde que él supo leer, se hubiera podido pensar que el título de la exposición iba a incluir la literatura, a manera de una definición plural. Ahora bien, proponer “la libertad y la vida” de hecho corresponde a valores que necesariamente se refieren  a Mario Vargas Llosa como escritor.

Él asumió esa vocación de la palabra, prácticamente sin tregua, estando su vida fundamentada en ella. Según el precepto flaubertiano, entró en literatura como se entra en religión. No obstante, a través de los millares de libros que leyó –y las decenas que escribió–, asimiló todos los aspectos de la vida. En cuanto a la libertad, él jamás aceptó –a diferencia de tantos– que la traicionaran o la destruyeran cualquier poder, cualquier ideología filosófica, política o religiosa, ascesis que llevó también al ámbito literario. Si lo pensamos bien, el título “Mario Vargas Llosa, la libertad y la vida” identifica a su “héroe” –en el sentido novelístico– , aparte de que abarca el contenido de la exposición.

El itinerario expositivo, claro y cronológico, iluminado por un archivo fotográfico impresionante, permite de seguir al autor a través de los meandros de su primera juventud y luego de su destino ascendente, pertinaz e irresistible hasta el cimero Premio Nobel. Sin embargo, es una exposición muy completa y honesta, que no descuida testimonialmente a las amistades –¡una pléyade increíble!–, el amor, la familia, los viajes, las estancias, las fuentes de inspiración, aun la desventura política que tal vez no fue más que una gran ilusión. Hay un equilibrio resultante, que no deja de sorprender a ese nivel de maestría y celebridad.

Momentos sobresalientes. En toda exposición hay piezas sobresalientes; aquí las hay, demostrando el sentido del detalle, el esmero de la investigación curatorial, la meticulosidad del propio Vargas Llosa y de su esposa Patricia. Empezaríamos por la pequeña maquinilla de escribir sobre la cual el autor tecleó sus primeras obras maestras, y que obviamente es  para los jóvenes una curiosidad… ¡En su vitrina cual un cofre transparente, luce un tesoro!

Luego, una parte fascinante consiste en los comentarios manuscritos que aquel lector insaciable anotaba cuidadosamente al final de cada volumen leído… o tal vez de los libros más preciados. Es un ejemplo de la distancia entre una lectura crítica y creativa, y la lectura ordinaria, además del encanto caligráfico. Evidentemente, la “digresión” de los rinocerontes y la colección de esos animalotes marcan aquí un compás de humor y una afición inesperada. ¿No la habrá influenciado “El Rinoceronte” de Ionesco, jocosa diatriba teatral contra el peso de la dictadura?

Ahora bien, un clímax inmutable cimienta esta exposición: la biblioteca atesorada, los escritores reverenciados, los libros irremplazables como sujetos y objetos. La misma museografía destaca  que Mario Vargas Llosa se entrega a las obras ajenas como a las suyas propias, y la intensidad conceptual crece al filo de los reconocimientos y triunfos ininterrumpidos, culminando en el Premio Nobel. Otra calidad indiscutible es el atractivo visual de fotos, documentos y preseas, que capta la atención  de un espectador comprobando paralelamente la importancia del periodismo, el teatro y el cine aun entre los compromisos de la creación, sin que se olviden las artes plásticas.

Mario Vargas Llosa se ha convertido en un escritor universal, traducido a decenas de idiomas. Un magnífico y multicolor collage lo ilustra, despliega las portadas, embriaga la mirada, la cual se dedica, después, a explorar curiosamente los diseños,  los títulos y los alfabetos… Es un punto singular al final de la muestra.

Creemos que esta clase de exposición itinerante –orientadora, apasionante y divertida–, podría hacerse con nuestros escritores y poetas esenciales, despertando un interés mayor, revelando mucho más, cautivando públicos que no acceden a los coloquios y los textos críticos.

La exposición “Mario Vargas Llosa, la libertad y la vida” es un modelo en esa categoría cultural.

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Vargas Llosa y República Dominicana

Se ha dicho que para Mario Vargas Llosa, República Dominicana es una tercera patria. Testimonios de nuestro país son aquí el libro “La Fiesta del Chivo”,  fotos de su notable adaptación al cine, y aun aquella toma en el rodaje de “Pantaleón y las visitadoras”.